Memorias

MEMORIAS DE UNA PSICÓLOGA EN EL CONFINAMIENTO

De repente algo sucede y pone patas arriba nuestra falsa seguridad, nuestro ilusorio control.Despertamos de golpe, sin tener mapas ni certezas para poder reaccionar.

Hoy más que nunca somos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad, de la imprevisibilidad de los acontecimientos, de la letra pequeña que no leemos pero que figura en nuestro contrato de vida.
Desconocemos la verdadera fortaleza del ser humano, lo que si podemos ver es la fragilidad que nos genera la necesidad de control, esa rigidez que utilizamos en nuestra vida, esas anticipaciones que nos desgastan y nos provocan ansiedad, lo más alejado de la capacidad de adaptarnos a las circunstancias, lo más opuesto a la resiliencia.
Porque no hay mayor vulnerabilidad psicológica que esa búsqueda de seguridad constante.

Ahora, más que nunca, se hace fundamental saber gestionar nuestras emociones negativas en un mundo que muchas veces se ocupa de negarlas o luchar contra ellas.Vivir día a día ya no es una frase hecha y trabajar la tolerancia a la incertidumbre se convierte en una necesidad vital.

Y allí, estamos los psicólogos atendiendo a las personas que viven los mismos acontecimientos que nosotros también estamos padeciendo. Sintiendo en nuestras carnes lo que muchas veces nos expresaban los pacientes, experimentando desrealización y emociones en torrente.
Atendiendo a sanitarios que están al pie del cañón en los hospitales, mientras te cuentan como esta la situación y tú te preocupas por ellos, por tu propia familia que no ves y por el mundo que quedara.
Lidiando con las sensaciones de injusticia, intentando distanciarnos al pasar los días del tsunami de noticias, intentando hacernos sordos a las tempestades.
Manejando la rabia al observar la irresponsabilidad de muchas personas, el egoísmo y la falta de empatía pero también emocionándonos por la solidaridad de mucha buena gente.

Sintiendo dolor por las personas que se van no solo familiares de nuestros pacientes también padres de nuestros amigos, vecinos en nuestros pueblos, muchas caras conocidas que apagó este virus.
Trabajando en terapia en duelos muy complicados con la imposibilidad de las despedidas, todo ello a través de la distancia y una fría pantalla.
Sintiendo el vacío de los abrazos inexistentes, la importancia de las sonrisas ahora escondidas tras una mascarilla.

Tratando la mala interpretación de los síntomas de ansiedad, los miedos al contagio, a la muerte.La apatía, la tristeza, la desesperanza, la irascibilidad durante el confinamiento.


Problemas de pareja, conflictos que antes ya existían pero que la rapidez del día y las anestesias escondían bajo la alfombra.
Hasta la culpabilidad en las personas por creer que no estaban aprovechando lo suficiente en el confinamiento, comparaciones con la hiperactividad observada en las redes, a las 10 zumba a las 12 un bizcocho y a las 13 h manualidades.¡Buf!

Desgaste de las pantallas, irascibilidad en redes sociales cada vez mas convulsas, esa necesidad de tener razón, ese clima de odio y división.
El caos de adaptarse a las clases online, profesores estresados, alumnos desconcertados y padres sobrepasados tele trabajando.
Las preocupaciones económicas, negocios cerrando, los pagos, las facturas, la eliminación de lo superfluo, necesidad.


Una dura prueba es esta, un virus que ha trastocado toda nuestra realidad.Se hace prioritario en estos momentos dar importancia no solo la Salud mental, sino a la educación emocional y reivindicar de una vez por todas el papel del psicólogo en nuestra sociedad.Reordenar nuestra escala de valores, nuestras necesidades reales. No cometer una y otra vez los mismos errores.


Mientras tanto revivimos la intensidad de nuestros recuerdos pasados que alimentan el alma y nos dan fortaleza para volver a vivirlos en cuanto podamos con mayor claridad y consciencia